Directo: Georgie Dann en El Prat

Es un atajo y no se puede llegar más lejos.
Anoche nos plantamos en El Prat por diversos motivos que no vienen al caso.
Sólo uno importa: Georgie Dann en directo.


Estamos en la Festa Major de El Prat. Es aquí y ahora. Tías buenas cargando peluches. Locutores de tómbola con micrófono inalámbrico convertidos en dioses de la comunicación y el marketing, capaces de eclipsar a Mariló Montero en lo que despachan tres boletos. Teenagers comiendo algodón de azúcar. Señoras que sacan a pasear a sus maridos. Atracciones temerarias. Luces cegadoras. Humo de discoteca. Kinkis creando la moda del futuro, la que se pondrán tus nietos para salir a la calle. Música mala de la mejor calidad. Madres angustiadas. Niños flipando. Nemo de 'Buscando a Nemo' y Pepa la cerda hasta arriba de helio. Manzanas caramelizadas con veneno dentro.

Hubiéramos pagado por hacer un clip pretencioso, tipo ESCAC, con el recorrido de una feria tan entrañable. Ya está anotado en futuros proyectos.

Y llegamos al concierto.

Lo primero: Georgie Dann es real.

Es un hombre y existe. Es posible. Georgie Dann (París, 1940) es cierto. A diferencia de tantos otros mitos populares creados para desviar la atención del vacío de la existencia y lo poco que sabemos de los agujeros negros, Georgie Dann está ahí, tangible, corpóreo... auténtico en el sentido más interesante del término: el de la autenticidad autoproclamada, hecha a sí misma por completo.

Hemos venido con Björk en el coche, así que cruzar la esquina de un polideportivo y escuchar "El chiringuito, el chiringuito... chi-chi... CHI-CHI-CHÍ" con el tempo de 'Army of me' todavía en la cabeza es una experiencia sólo comparable a un viaje a Islandia con todos los gastos pagados por Nellee Hooper.


Georgie Dann viste de negro impoluto, como Johnny Cash en Folsom Prison, y remata su atuendo con una americana blanca, como Humphrey Bogart en las películas. Perfectamente teñido, su personalidad no conoce límites. Le acompaña una pantalla donde puede leerse en mayúsculas su nombre, una iluminación de escándalo y seis bailarinas atléticas, festivas e intercambiables, que ya quisiera Bunbury para hacer digeribles sus directos.

Esta pequeña y fantástica revista afrancesada admite sugerencias. El pueblo reclama 'La Barbacoa' con el mismo fervor que piden 'Gimme shelter' los fans de los Stones. La gente sabe lo que quiere. La gente siempre ha sabido lo que quiere. Georgie anuncia que 'La Barbacoa' está prevista, pero todavía no es el momento. Hay mucha tela que cortar y él lo sabe. Cómo lo sabe.

Georgie Dann merece un lugar excepcional en el Olimpo del Pop de Todos los Tiempos. Y de conocerle, Kanye West estaría completamente de acuerdo. Le tenemos en frente, entonando con ese timbre inconfundible, moviendo las caderas como si fueran nuevas, desplegando su poderoso cancionero con una profesionalidad impecable y una simpatía extraordinaria, en una secuencia demencial de clásicos atemporales que reformulan para siempre el concepto de inconsciente colectivo.

Estas señoras no han olvidado ni una sola estrofa de 'Mami qué será lo que quiere el negro' -¿y quién podría arrancar de su memoria esa oda a la inocencia perdida en la cópula interracial?- pero es que además sus nietos son capaces de cantarlas como si estuvieran impresas en su código genético. Es muy posible que la comunidad hispanohablante nazca ya con las canciones de Georgie Dann aprendidas. Hablamos de un acervo innato que merece la atención inmediata de los más prestigiosos lingüistas.


Es verdaderamente encomiable el número de éxitos que aglutina Georgie a lo largo de su carrera. Su capacidad para encontrar la melodía precisa reciclando códigos de géneros musicales más graves que el suyo, tan boyante en su levedad, tan soportable y luminoso. Como pruebas irrefutables, la placidez en los medios tiempos de 'La paloma blanca', el esplendor soviético de 'Casatshock, rastatchoff' o la magia latina de 'El Bimbo', que aun hoy causa sensación.

¿Acaso no merece elogios un hombre que utiliza en sus composiciones la expresión "causar sensación"? Sin duda una de nuestras favoritas de todos los tiempos.

Con su olfato infalible para registrar en sus composiciones la temática masiva más descarada, abierta y universal. Cuando el pueblo grita entusiasmado "Los chorizos parrilleros" nos preguntamos con asombro si no estaremos rozando la demagogia. ¿Y saben qué respondemos? Que la demagogia es cosa de políticos y tertulianos. Lo que Georgie Dann despacha es pop de la más alta gama. Pop perfecto. Pop imbatible. El pop que rechazan los snobs. El pop que ha hecho bailar a un país entero. El pop del que reniegan los nuevos catetos.


Y los nuevos catetos son mil veces peores que los catetos tardofranquistas, pues han dispuesto siempre de recursos y han aprendido a suplantar a los primeros en concejalías, universidades, empresas, editoriales y televisiones con un discurso que esconde una represión insondable y un conservadurismo desprovisto de carisma.

Esta noche, el país de pandereta se caga en el país acomplejado, incapaz de crear corrientes culturales genuinas más allá del derrotismo de salón -tan dado al reproche y al miramiento desde lo alto del hombro-. El país de pandereta se entrega al festejo por encima de las posibilidades de la culpa cristiana, obcecada en satanizar la diversión del placer sencillo. El país de pandereta deja en bragas a ese otro país inhibido que se niega a reivindicar lo autóctono y sigue empeñado en producir sucedáneos de los grandes logros extranjeros, magnificados siempre por la lupa de quien ha salido poco.

Sí a Lola Flores. Sí a Peret. Sí a Raphael . Sí a Sara Montiel. Sí a Josep Guardiola.

Ahí tienes a tu Nina Simone, a tu Bob Dylan, a tu Frank Sinatra, a tu Marilyn Monroe, a tu Sammy Davis Jr.

Y lo que es mucho mejor, ahí tienes cosas que en realidad, nada tienen que ver con todos esos nombres anglosajones... cosas auténticas, sin que importe la denominación de origen.


En cualquier caso, estamos seguros de que Georgie no precisa abogacía.

A sus setenta y cuatro años sigue en pie sobre un escenario, entregado al disfrute colectivo, viviendo de su sentido del espectáculo y sacando partido a la formación musical de su juventud en un París soñado. Y la gente baila. Nosotros permanecemos inmóviles, fascinados como cabritos borrachos al borde de una bacanal, pero la gente baila. No importa demasiado ni cómo ni cuánto ni por qué, lo importante es que la gente baila. All is full of love.

PRÓXIMAMENTE EN ATAJO MASIVO, el blog de GRACIA B:
MIRA 2014
Restaurantes ecológicos
Barcelona desierta
Eat Street 2014
God help ME and kill that girl
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